domingo, 30 de septiembre de 2012

Estereotipos de la televisión y la discriminación a indígena



Mural zapatista Foto: zapateando.wordpress.com

Por Vinicio Chaparro, enviado especial.
Fragmentos de "Un estudio profundo del inconmensurable fenómeno del zapatismo". Publicado en Los Ángeles Press (E.E.U.U)

Los juegos olímpicos han perdido su sentido deportivo para convertirse en un espectáculo de ventas. O, ¿cómo le podemos llamar al hecho de que Michael Jordan, quien ganaba millones de dólares al minuto, se enfrentara a deportistas tan pobres que su alimentación era peor que la del mismo perro favorito de Jordan? Hasta allá ha llegado el capitalismo a corromper la competencia de unos atletas amateurs que a veces tenían problemas hasta para comer arroz o frijoles.
Basta imaginar a un atleta de Ruanda, de Indonesia o de México tratar de enfrentar a temibles máquinas estadounidenses, rusas y alemanas formadas de todo tipo de asteroides y esteroides. Sería como si yo me enfrentara con John Cena (Yon Sina, se prenuncia), ese transformer hecho de puras hormonas musculares, en una dispareja contienda de wrestling (lucha libre). Ni los huesos me hubieran quedado. Que diferencia al Cavernario Galindo que se daba tremendos trompones con El Santo, El enmascarado de plata. Cero hormonas artificiales. Ahora son puros globos.
Los grandes deportistas han sido capturados por la mercadotecnia y esto ha desarrollado una ambición por sueldos tan millonarios como los de Messi y Christiano Romualdo (perdón fanáticos del Real Madrid, debí decir Ronaldo, el dios Ronaldo). Hoy el deporte es un negocio, es decir, una manipulación de nuestros ánimos deportistas. Una manipulación que busca la ganancia como motor fundamental de los juegos olímpicos y todo tipo de competencias mundiales o televisivas.
Solo en Cuba se ha impedido esta involución. El resto del mundo mira el futbol entre comerciales de las transnacionales que nos hacen tomar una coca al día, querer tener un Peugot o anhelar un viaje a Cancún o, mínimo, una cerveza Sol. Para eso nos quieren ahí, sentados frente al televisor, para hacernos fanáticos de Hugo Sánchez. Bueno, antes; ahora El Pichichi es más "mamón" que el mismísimo Cuau. Ya ni Televisa lo quiere.
Y dentro de la ética en el deporte, dicho con todo respeto para los amantes del Perro Bermúdez, el futbol es el deporte más cuestionable de todos. ¡Truchas, ojo, zorras!, "fíjensen" bien en el terreno del juego. Basta ver a un jugador de futbol soccer tirado en el pasto agarrándose una pierna con una cara de muerte mortal, como si se le hubieran quebrado la pata (si, dije pata) en tres partes, basta eso y ver como todos los dolores desaparecen al sonido favorable del silbato.
Fingir es lo común en el futbol. Hasta Cristiano Ronaldo se ha roto un fémur con tal de ganarle al Barcelona. Messi no hace malos quesos, lo he visto sufrir como en un parto natural y levantarse ágil y ligero a los 15 segundos, después de conseguir el penalti con su actuación.
Podrán poner a miles de niños a que saquen una enorme bandera de “Fair Game” antes de cada juego, de todos modos los patadones se dan al por mayor, insultos, escupitajos, golpes bajos y conatos de violencia. Eso es clásico para los domingos en el sillón (los que tienen sillón). La ética en el futbol es una desconocida manifestación humana, reflejo de nuestro sistema pedagógico, que no ha sido estudiada con todo rigor. Pero es solo un deporte, ¿que de importante puede ser la ética del deporte si lo que este intenta es divertir? Dirimir las guerras en carreras y jodazos reglamentarios al por mayor (sobre todo en el box).
(...)

Niños de Chiapas Foto: ciesas.wordpress.com


Va haber polémica, perderemos a todos los fans de Lucerito y de La Gaviota, a todos los aficionados americanistas y a uno que otro del Cruz Azul, seguro, nos vamos a quedar a pie, pero la rueda de la antropología no se puede detener por simple pasión futbolística o por amargas lágrimas de cocodrilo. Sorry.

Parece que este viaje nos podrá ayudar un poco a borrarnos estructuras mentales y apreciaciones estéticas de la vida y el pensamiento, que llevamos en el lomo como costales con piedras, desde que llegó una cultura de occidente que, muy oronda y barbona, puso una cruz, leyó un pergamino e impuso sus dioses, sus reglas, sus tributos, sus impuestos, sus sueldos, sus azotes, sus límites territoriales, sus páginas de sociales, su horario laboral y hasta nos ordenó qué pensar.
Recuerden que cuando el crucifijo no surtía efecto, el arcabuz lo suplía. Hoy, como en aquel entonces, los mismos tataranietos de los presos que sacó Hernán Cortés de las prisiones para venir a enriquecerse; desde una pantalla brillante, nos dicen qué champú usar, qué corte y color de pelo debemos lucir, qué sopa instantánea debemos ingerir, por qué político votar y hasta en qué dios debemos de creer. 
Solo que ahora a esa forma de control mental le llaman neoliberalismo. Y no hay piedad, nos meten a sus estereotipos a hasta por allá por donde les platiqué. Desde que empezamos a pensar, nuestras guarderías (cuando no se queman), se saturan de pinturas de Bob Esponja y Winnie Pooh, hasta la saciedad. Blanca Nieves es la reina de los muros coloridos de los jardines de niños. La historia indígena ha desaparecido de los libros de texto, para que el cuchillo descerebrador corte como mantequilla el tierno cerebro de nuestros hijos. Después será más fácil ponerles unas horrorosas máscaras para que salgan a pedir Halloween.
Reglas de la comunidad zapatista
Y mientras, seguimos cargando ese pesado costal de huesos de estereotipos petrificados en nuestras espaldas. Hoy, por primera vez, vamos a poder quitarle unas cuantas piedritas a ese costalote. Para eso sirve este destripadero, para matar los fantasmas que nos hacen creer a pie juntillas todo lo que nos indica la cultura occidental y, de esa manera, tal vez con un poco menos de peso en nuestras genuflexas espaldas, podamos rescatar un poco de nuestro pasado indígena. Bien dijo Ofelia Medina al inicio de la rebelión de los zapatistas: “Todos tenemos una gota de sangre india en nuestras venas. Sólo falta reconocerlo”. Hay que llevar a esa gota a que se dé un paseo por nuestras teleadictas neuronas, no basta con leer National Geographic.
Haciendo un recuento de daños, podremos observar que ya pasaron a mejor vida aquellas ideas de que sólo los blancos pueden gobernar (Evo Morales puso el último clavo al ataúd). Luego también se acabó la vieja idea de que sólo mediante la ganancia se puede organizar a una sociedad (lo llaman libre mercado) y de que los gobernantes merecen un enorme sueldo para realizar su labor y que son como dioses o genios sacados de una urna electoral. Pero, sobre todo, ya murió la creencia de que los indios son pendejos, güevones y pusilánimes, así los llamaban los españoles cuando se conocieron, o de que todos los argentinos son mamones. Eso, creo que a estas alturas, ya debe estar un poco más claro. Espero.
Pero todavía hay otros estereotipos que tienen que morir. El del descubrimiento de América, esa gran mentira que usaron los españoles y el Papa para justificar la apropiación de las tierras de los habitantes originales de América, y falta darle una buena ráfaga de Cuerno de Chivo al estereotipo que nos obliga a creer el que los americanos sean unos sujetos rubios y de ojos azules, como los que llegaron después. Que magnífica estupidez. 
¿O sea que los estadounidenses no solo despojaron a los indios de su tierra, sino hasta de su propio patronímico, dejando para ellos solo los nombres de sus equipos de futbol y de sus helicópteros de ataque? ¿Saben que la operación para matar a Bin Laden se llamó Gerónimo? ¿Paradójico, verdad? ¿No nos sorprendería que alguna operación para acabar con los zapatistas se llame Moctezuma? ¿Ya que nos puede sorprender de semejante cinismo? Geopolítica la llaman hoy; antes la llamaban conquista.

Pero hay un estereotipo al que vamos intentar darle chicharrón ahora. Es muy importante. Más peor que el de la muñeca Barbie.
Les contaré. En las revistas, cuando alguna mujer ve a un niño, usualmente dice "¡qué hermoso! Y sí, lo ves y el niñito es verdaderamente hermoso. Blanco, ojos azules, una cuantas chilpas güeras, su boquita bien definida con sus labiecitos carnositos y con un enorme sonrisón de Colgate, aún sin dientes, o con un enorme chupón de miel. Cuatro kilotes de salud y sus cachetotes, sublimes, esponjaditos, rositas, como acabados de llenar de rubor. Bueno, a algunas lectoras de dichas revistas las he visto que hasta pellizcan en el papel sus cachetes (los del niño, no los de ustedes), figuradamente, y otras mas atrevidas y emotivas, hasta le zampan un besote tronadote a la foto. El clásico niño Gerber.
Claro que las mismas personas, cuando ven al hijo recién nacido de la sirvienta, le dicen ¡qué bonito!, pero con él, sólo besan los dedos de sus manos y con sus puntitas, con un poco de asquito, llevan el beso al cachete del infante morenón y pelitos parados y se voltean y se alejan rápidamente sacando discretamente un trozo de Kleenex para limpiar los dedos y alejar "la infección".
Ese es el estereotipo de los niños bonitos en el capitalismo. Blancos y bonitos. Gerber es la empresa que mejor ha manejado a este estereotipo infantil. ¿Los indios?, los indios, sólo salen en National Geographic.
Pero, ¡oh, sorpresa!, (hay que decir "oh, sorpresa", cada vez que pretendamos alertar al lector), de pronto algo sucedió. Paren oreja.
Nos encontrábamos tirados Fabi y yo, con un tronco como almohada, escuchando toda, pero toda la historia piquetera de Argentina, cuando se acercaron, sin darnos cuenta, tres marabuntitas. En vivo y a todo color. Nos ofrecían tamales, tamales de frijoles. ¿Cuánto?, les preguntó Fabi, mi mejor amiga, confesora y terapeuta profesional. Nos dijeron que dos pesos con cincuenta centavos (18 centavos de dólar). Bromeamos y platicamos un poco con ellas, con las vendedoras de tamales de frijoles, y sus ojos se metieron en nosotros. Eran calladas como sus padres, pero sonrientes y tímidas. Y sí, sus profundas miradas de antropologuitas, se metieron dentro aquí. Veían como zapatistas, a pesar de su corta edad.
Además esos tamales de frijoles, que resultaron ser dos -¡dos por dos cincuenta!-, me hicieron pensar en el Nobel de Economía, otra vez. 
En realidad, hay que reconocer que el contacto con los zapatistas, con las bases de apoyo, no fue muy íntimo, sólo con la marabunta que ahí estudiaba, jugaba y vendía tamales de frijoles tuvimos un acercamiento mas cerquita con el zapatismo y estuvimos solo tres días ahí. Entonces no se puede decir que este estudio cumpla con las características académicas para lo que dice ser, bueno, ni para una tesis profesional. Pero cuando mi ex amiga y ex terapeuta personal y un servidor tuvimos aquella cercanía con las marabuntitas, lo comprendimos todo. Hay otro tipo de belleza.
Otra forma de pensar. De ver, de apreciar. Pero para lograrlo necesitaríamos otra revolución. No bastaría con un Ooohmmm.
La marabunta no le pide nada a los niños Gerber. “Tenemos que despojarnos de nuestros estereotipos occidentales”, murmuró Fabi, mientras limpiaba la traición de sus lágrimas. Extraño la amistad de Fabis, es mi culpa y a los estereotipos los empezó a matar ella. Ella, con su enorme sensibilidad.
Claro, Fabi tenía razón, ésos, ésos eran los verdaderos americanos. Y su belleza infantil.
Los de allá, allende el Bravo, los güeritos, los de "Mi pobre angelito", eran los impostores.
“Todo ser humano es bonito, aunque le falte una pata o un ojo, la belleza está en otro lado, adentro”, decía mi sabio abuelo. Hay un chiste racista que dice que cuando son bebés, hasta los negros y los burros son bonitos. Es cruel, sí, lo sé. Pero eso significa que los negros son tan feos como los burros. Eso es racismo puro, de alcurnia, muy común, pero ¿qué culpa tienen los burros del racismo de los humanos? Sin ofender.
Las páginas de sociales están llenas de "gente bonita", como en los antros de Cancún. Abajo, en la maquila, en los guetos urbanos y rurales, los mocos, la piel morena, los jiotes (esas terribles manchas grisáceas en la cara por motivo de la falta de vitaminas, justo antes de la inanición), hacen de nuestro mundo un submundo, el de los feos, a los que no nos quieren en sus malls.
Pero en fin. El mayor y más dañino estereotipo es el de que para ser bonita hay que ser güera, como mi novia Marilyn Monroe. Ya nadie está conforme con su pelo negro. El cambio de imagen es contundente en la televisión. Todo enfocado a ocultar nuestra piel oscura y nuestras huellas de acné.
Pero en La Garrucha también murió ese estereotipo. La Marabunta lo mató.
Es el estereotipo de que sólo los niños blancos eran bonitos.
Son pobres, son morenos, no comen bien, no tienen agua caliente ni las pavorosas cremas para la epidermis de Michel Jackson. En realidad su ropa no les ayuda mucho, no los viste Chanel. Y tienen alguna que otra espinillita, grano, acné, mancha o afín. Pero, es que no les alcanza para comprar Axepsia. 
Su porte no es muy vertical, las cargas de leña que tienen que cargar por la vereda, desde niños, los ha doblado un poquitín. No tienen el cabello de Thalía, ni el lunarcito coquetón de Cindy Crawford. Sus pies están maltratados un poco, también. Sus huaraches son de manufactura muy rudimentaria. La lotería no ha tocado sus puertas. La miseria no les permite desenvolverse y lucir mucho en las galas de alfombra roja. Pero… aquel día, con la marabunta vendiéndome tamales de 2.50 pesos, se me murió mi alma neoliberal.
La marabunta también me la mató.
Foto: La División del Norte

Pero para cerrar con broche de oro, les voy a matar otro estereotipo mamón. El de que los indios nos saben lo que son. Este es un texto que nos envió una asidua lectora. Dice así:
“Qué orgullosa me siento de ser indígena wayuu (Colombia y Venezuela), esa sangre que corre por mis venas, que alimenta mi cuerpo y hace vibrar mi espíritu, que me mantiene siempre despierta y vigilante, y me recuerda siempre que soy hija del desierto, de la tierra del sol y el viento, que siempre debo permanecer erguida como el cactus, si su piel se destruye por la inclemencia del sol y a veces tempestades, su corazón perdura en el tiempo y el espacio”. Daisy Hernández.
¡¡¡Tóooooomala, gateado!!!, dicen en mi rancho.




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