miércoles, 5 de septiembre de 2012

Nuestro destino con el PRI



 Por: Alejandro Páez Varela




Septiembre 3 de 2012

Desde siempre, mi museo mexicano favorito fue el Tamayo, en la ciudad de México. Por muchas razones. Me gusta porque exalta la figura de Rufino, quien renunció a contaminar su obra con causas políticas a pesar de las presiones que recibió de artistas y del mismo Estado. Me gusta el diseño del espacio, soberbio monumento de Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky. Me gusta que esté sobre Chapultepec y me gusta que sea para el arte contemporáneo.

Ahora siento que se ha violado ese recinto al incluir el nombre de Carlos Hank Rohn a una de las salas. Qué estupidez. Tamayo se revolcará en su tumba, me temo.

Tampoco me asombra lo de Hank. Lo siento por el significado que tiene justo para ese museo, pero no me asombra. Los nombres de Carlos Slim, Roberto Hernández, Alfredo Harp Helú y otros empresarios (y sus esposas) que se hicieron ricos en una sola generación, están en los lugares de honor de casi cada museo en este país. Nadie ha dicho una sola palabra. Ni siquiera los artistas contemporáneos. Mañana, cada tortilla llevará el rostro de Roberto González Barrera, “don Maseco”. Nadie recuerda quién es quién. La desmemoria y sus billetes les han lavado el nombre por completo.

No es necesario ser Slavoj Žižek para afirmar que el sistema no funciona. No es necesario llegar a los gritos, ni ser un individuo de “izquierda radical” o un comunista come-niños para decir que México, desde hace muchos años, se volvió uno de los ejemplos globales más contundentes y tristes de la avaricia extrema y el sinsentido.

Nadie se atreve a revisar el caso de Carlos Slim. Nadie. Es el hombre más rico del mundo sólo por las empresas que dirige desde México, sólo por las rentas que le dan los monopolios que secuestraron desde hace muchos años a los mexicanos.

A la mayoría se le olvida, pero habría que recordar a individuos como Roberto Hernández no por museos, sino porque vendió Banamex-Accival a Citibank sin pagar un solo peso de impuestos, gracias a que Vicente Fox Quesada se los perdonó por los favores recibidos en la campaña presidencial de 2000.

Todos olvidamos que su socio, Alfredo Harp Helú, fue beneficiario al 50 por ciento de esa operación vergonzosa, aunque sea dueño de galerías de arte y su nombre figure como patrono de cuanto museo y cuanta exposición se visite en México. Hoy, multitudes de artistas, promotores culturales e intelectuales “íntegros” se pelean una cena con él.

Se olvida que Carlos Hank Rohn llegó hace apenas un par de años a la lista Forbes a pesar de que una generación antes su padre era un simple “profesor” afiliado al PRI.

Se olvida que los Azcárraga van a cumplir un siglo viviendo del monopolio de la televisión gracias a que han comprado su lugar en el Estado mexicano.

Se nos olvida lo mismo de Ricardo Salinas Pliego, o de tantos y tantos empresarios que se hicieron ricos al amparo del gobierno de México, a costa de los ciudadanos y aprovechado su disciplinado (y cómodo) silencio.

La llegada de Enrique Peña Nieto a la Presidencia, que tampoco me sorprende, es un recuerdo vergonzoso de todo lo anterior.

Él representa esa casta de vividores que han explotado a los mexicanos y han lavado su nombre. Él representa la falta de memoria de este país. Él, Peña Nieto, es un recordatorio vivo de qué tenemos en la cabeza los mexicanos: les sacaron una marioneta, la acompañaron con una estrella de telenovela, los vendieron (a ambos) hasta –o principalmente– en las revistas del corazón que posee básicamente Televisa… y allí van, cayéndoseles la baba, a votar por la maravillosa fórmula.

Qué ver-güen-za.
 

Ahora les adelanto lo que viene, seguramente, en camino: el Monumento a Porfirio Díaz, el Hemiciclo a Gustavo Díaz Ordaz, el Faro de Carlos Salinas, un Salón Martha Sahagún de Fox en Los Pinos, la Avenida Emilio Azcárraga.

Y la Alameda Central llevará el nombre de Felipe Calderón. Y el Teletón llevará el nombre de Vicente Fox.

Y luego, cuando termine el sexenio, la Cineteca Nacional se llamará Angélica Rivera, y la Torre de Pemex cambiará por Torre Romero Deschamps, y el Ángel de la Independencia tendrá la cara de Elba Esther Gordillo.

Y bien podría cambiar una línea de nuestro himno, para que el homenaje sea completo: “…un idiota en cada hijo te dio”.

Y nadie dirá un carajo. Porque nadie dice un carajo. Porque los mexicanos aguantamos todo, siempre y cuando no se metan con la Virgen, con la telenovela de las 4 de la tarde, o con los tragos del fin de semana.

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